Hay una cosa de los insultos que me llama la atención: quien los suelta suele creer que acaba de definir a la otra persona. Como si bastara con subir la voz y ponerle una etiqueta para que esa etiqueta fuera verdad.
Pero muchas veces lo que queda a la vista es otra cosa. La forma en que esa persona trata a los demás. Cómo reacciona cuando algo no le gusta. Qué recursos tiene para discutir sin convertirlo todo en un ataque.
Puedes estar muy en desacuerdo con alguien. Puedes pensar que se equivoca, que su argumento no se sostiene o que su comportamiento merece una crítica. Nada de eso obliga a humillar. Una crítica puede señalar algo concreto; un insulto suele intentar que la persona entera quepa dentro de una palabra.
Y esa palabra tampoco resuelve demasiado. No explica el problema, no aporta una razón y no ayuda a entender qué tendría que cambiar. Hace ruido. A veces, mucho ruido. Pero ruido y argumento no son la misma cosa.
Me interesa lo que normalizamos alrededor de eso. La facilidad con la que una discusión pasa de hablar de una idea a intentar destruir a quien la tiene. Y lo rápido que se confunde ser contundente con ser cruel.
Tampoco quiero convertir esto en una competición de personas perfectas. Todos podemos contestar mal, tener un día torcido o decir algo de lo que luego nos arrepentimos. La diferencia puede estar en lo que hacemos después: reconocerlo, corregirlo o seguir defendiendo que la otra persona se lo merecía.
Por eso, cuando alguien insulta, no creo que haya que aceptar sin más el retrato que intenta hacer de ti. Esa frase también retrata a quien la ha pronunciado. No lo explica todo sobre él, pero sí muestra cómo ha elegido comportarse en ese momento.
Quizá la pregunta útil sea esa: cuando discutimos, ¿queremos explicar lo que pensamos o simplemente hacer daño?
Porque las dos cosas pueden sonar fuerte. Pero solo una deja algo que merezca escucharse.
